Katherine Pierce (The vampire diaries)

Obsesión

La simple intención de conseguir o alcanzar algo te incita a destruir, a romper, te perturba. A su vez, este fuerte sentimiento te lleva a perder la razón, a no pensar en otra cosa más que en ello. El poder de destrucción, de ansia, de necesidad, ese efecto psicológico que te hace caer tropezando con la misma piedra cientos de veces, hasta que sangras. Pero sangrar no te importa en ese momento, sigues cayendo y dándote golpes hasta que los músculos empiezan a descoserse y los huesos a quebrar. Pero te da igual, no importa, nada importa. Coges fuerzas de nuevo, para chocar otra vez con esa piedra, que cuanto más esfuerzo pones en superarla, más fuerte te lesionas, más dolor te causas, y más te gusta. La sensación es natural, producida por estímulos que atormentan tu interior, pero… ¿qué más da? Es lo que quieres, lo que has estado buscando, la única razón por la que has respirado durante ese tiempo, que a pesar de ser tan breve, en tu mente ha sido eterno. Cada vez ves más cerca ese objetivo, esa meta. No te percatas de que es imposible alcanzarla de esa forma hasta que el dolor es tan fuerte que ya no tienes fuerzas ni para chocarte de nuevo. Entonces, piensas un poco más y te das cuenta de que ha sido una obsesión más, de las que siempre tienes. Por un momento cruza tu mente otra posibilidad, la de conseguir esa meta por otros medios, pero eso no te afecta, la piedra siempre estará allí y el objetivo se verá precioso, como el Edén de Adán.

Finalmente te das cuenta de cuán absurdo ha sido todo ese esfuerzo, todo ese sufrimiento y dolor causado en vano, cuando te fijas, teniendo la mente en blanco, que simplemente llegabas a esa meta alzando y alargando tu brazo. Que era mucho más fácil de lo que parecía, que todos tus lamentos hubieren acabado con una simple acción, con decir basta a tu obsesión. Pero ya es tarde, tu herida se abre cada vez más, no deja de sangrar, duele, y lo hace mucho. Entonces notas que has terminado, que toda esa manía tuya que te ha atormentado durante tanto tiempo sólo ha provocado tu sufrimiento, tu fin. Es entonces cuando te das cuenta de que absolutamente nadie te puede engañar mejor que tú.

viernes, 11 de marzo de 2011

Despertar


No hay sensación superior ni sentimiento más fuerte que la satisfacción que resulta después de liberar tus pasiones más profundas. Eliges uno de los veinte cigarrillos que quedan en tu perfecta caja de Chesterfield y lo enciendes, el sabor en los labios no es del todo desagradable, estás acostumbrado y lo necesitas. Miras a tu alrededor, lo ves todo de otra forma; más brillante, menos gris. Esta sensación, en un principio, no es percibida por todos tus sentidos, pero empieza a desarrollarse. Con los dedos tocas las suaves sábanas en las que te acurrucaste la noche anterior, con el oído escuchas ese lejano ruido a carretera, que ese día te resulta menos ensordecedor. Con el olfato te llega el aroma a mañana temprana, a humedad de rocío, a despertar del día. El gusto queda un tanto perturbado por los gramos de nicotina que se te pegan en el pulmón, pero el conjunto es hermoso, como tu sonrisa madrugadora. Finalmente, los ojos, abriéndolos poco a poco después de que el recién sol se despertara, después de ti, captas todos los muebles que decoran la habitación. Sientes esa perfección, esa felicidad tan desapercibida hasta que no está presente, esa sensación de renovación, de ganas de estallar en carcajadas, de romper a llorar de alegría. Tus sentidos están acechando cualquier movimiento, cualquier cambio, cualquier cosa para captar. Te sientes vivo, estás vivo.

jueves, 10 de marzo de 2011

Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti. (Friedrich Nietzsche)


Friedrich Nietzsche, sabio filósofo.
Esta frase requiere una gran reflexión; en resumen quiere decir que la cuestión no es decir la verdad o mentir, sino las consecuencias que esto trae. Cuando un amigo te miente y lo descubres y esa persona es realmente una amistad, lo que más te duele no es que te haya mentido en una ocasión, sino que a partir de entonces no podrás volver a creer en lo que diga, sospecharás siempre si lo que dice es cierto o falso, e inconscientemente te decantarás por la segunda opción.
En realidad decir mentiras requiere más habilidad, más trabajo que decir la verdad. Verdad únicamente hay una (uno más dos son tres), formas de verlo hay varias, y las mentiras son infinitas. Se necesita esfuerzo, capacidad y conocimientos para mentir y no ser descubierto. Pero los mentirosos no cuentan con que siempre hay alguien más hábil que ellos, que los descubre, que los ve a la legua.
Los mentirosos no suelen ser muy inteligentes (y hablo en tercera persona como narrador externo, ya que todo el mundo ha de reconocer que ha mentido en más de una ocasión), o al menos no son perfectos, porque o bien se les ve el trasfondo o bien se hace notar, pero las mentiras siempre son descubiertas.
Nietzsche, según la frase filosófica que compartió con el mundo, no cree en las segundas oportunidades, no piensa que esa persona, después de haber mentido, pueda cambiar y no volverte a traicionar, a fallarte, a dejarte mal sabor de boca. Pero... por mucho que se esfuerce la otra persona por hacerte ver que ha cambiado... ¿realmente lo ha hecho?