
No hay sensación superior ni sentimiento más fuerte que la satisfacción que resulta después de liberar tus pasiones más profundas. Eliges uno de los veinte cigarrillos que quedan en tu perfecta caja de Chesterfield y lo enciendes, el sabor en los labios no es del todo desagradable, estás acostumbrado y lo necesitas. Miras a tu alrededor, lo ves todo de otra forma; más brillante, menos gris. Esta sensación, en un principio, no es percibida por todos tus sentidos, pero empieza a desarrollarse. Con los dedos tocas las suaves sábanas en las que te acurrucaste la noche anterior, con el oído escuchas ese lejano ruido a carretera, que ese día te resulta menos ensordecedor. Con el olfato te llega el aroma a mañana temprana, a humedad de rocío, a despertar del día. El gusto queda un tanto perturbado por los gramos de nicotina que se te pegan en el pulmón, pero el conjunto es hermoso, como tu sonrisa madrugadora. Finalmente, los ojos, abriéndolos poco a poco después de que el recién sol se despertara, después de ti, captas todos los muebles que decoran la habitación. Sientes esa perfección, esa felicidad tan desapercibida hasta que no está presente, esa sensación de renovación, de ganas de estallar en carcajadas, de romper a llorar de alegría. Tus sentidos están acechando cualquier movimiento, cualquier cambio, cualquier cosa para captar. Te sientes vivo, estás vivo.
